Ámame con hechos, cariño, porque con palabras, ya me quiere un montón.
Mogly
Probablemente no sea como todos los chicos que conoces,
y puede que te parezca aburrido al momento de conocerme,
ya que no salgo a fiestas, porque regularmente no me llaman la atención,
ya que no soy coqueto, porque suelo ser muy tímido cuando alguien me mira a los ojos, ya que no soy atrevido, porque frecuentemente tengo miedo al que dirán, y por esa misma razón, solo callo, y sonrio un poco, cuando alguien me hace un cumplido, ya que no tomo, no fumo y no me drogo, porque considero que son maneras tontas de morir cuando existe la literatura.
Y si, lo sé, te lo advertí, no soy como todos los chicos a los que estas acostumbrada a conocer, pero, si gustas, puedes quedarte, hay algo que si me gusta hacer, y es escribir.
Si gustas, puedo hacerte poesía mientras me inspiras, o mejor aún, podemos hacer poesía juntos mientras nos amamos.
Estoy enamorado de una Colombiana, tan especial y diferente,
a cualquier chica de otro país.
Enamorado,
porque sus oijitos negros,
son más lindos que cualquier noche oscura en Bogotá.
Enamorado,
porque Medellín no se compara con ella, por lo linda que es.
Enamorado,
porque a pesar de ser cálida y seca como Cali,
es tierna conmigo, cuando la comienzo a llenar de mimos.
Enamorado,
porque cuando estoy triste,
es más alegre que Barranquilla y su fiesta de carnaval,
me motiva a ser feliz, y a no ponerme mal.
Enamorado,
porque incluso,
Cartagena de Indias,
apodada la Joya Colombiana,
pierde su significado,
cuando de ella hablamos.
Enamorado,
porque Antioquia no se compara con ella,
a pesar de sus jardines e historia,
a ella quiero explorarla, y descubrirla,
a pesar de ser tan insegura.
Enamorado,
porque ni Neiva con sus tantos escritores y poetas,
ha logrado despertarme tanto interés.
Porque es mi Colombiana favorita, a la que amo y quiero, para juntos, envejecer.
“Habrá otras tardes y otros días y otros besos y otras palabras iguales a estas… Pero el tiempo se nos va a trepar, nos obligará a cambiar -como a todos-, y a medida que transcurran los meses y los años nos convertiremos en otros, parecidos a estos de hoy, pero otros. Habremos salvado algunos obstáculos, habremos sufrido algunas desilusiones, tendremos algunas heridas que trataremos de curar y algunos miedos que desearemos olvidar, ciertas partes de los resortes que hoy nos mueven estarán gastadas y tendremos que cambiarlas. Porque eso es vivir; vivir es gastarse y renovarse y volverse a gastar, dejar cosas en el camino y encontrar otras.”
— Poldy Bird
Y si en la luna no hubiese huellas, me preguntaste, ¿y si hubiésemos llegado sin siquiera una foto, sin siquiera una pisada, o un recuerdo?, ¿acaso alguien nos hubiese creído, acaso hubiésemos llegado? Qué sería entonces todo el proceso previo, todo el armado del viaje, toda la construcción que apuntaba a una utópica colonia espacial, una que pudiese ver nuestro mundo con otros ojos, con unos que casualmente no pertenecerían al mundo, ¿qué sería todo sino una mentira?
Y entonces me retrucaste, me subiste la apuesta, me miraste a la vida, no a los ojos, no con tus ojos, me miraste con otro mundo dentro hasta éste el mío que te miraba mi luna (y a veces eras luna y yo metáfora, por eso yo precisaba tanto de vos y vos podías estar tan lejos de mí), y me preguntaste, si entonces el proceso sin pruebas no bastaba, era la prueba la que formaba al proceso, la prueba lo hacía ser, era la luna la que daba poderío a la metáfora y entre ambas daban sentido. ¿Pero una foto, una prueba, una pisada hacían cobrar sentido? ¿Pero una foto, una prueba, una pisada hacían cobrar valor a la estructura? No podía existir en nuestro moderno mundo civilizado una pequeña mano que trajese una pequeña roca, un pedazo de polvo, y que nos contente con sólo esto y una serie de notables estudios que no se reflejaban en nada más que matemáticas y físicas.
Una escena perdida, no cerraba el rompecabezas, y pudimos tantas veces atacar a las fotografías y volver a convencernos que nunca pudimos vernos con otros ojos, que fue todo una mentira, un armado que se desvanecerá en el tiempo cuando podamos probar certera e innegablemente que nada jamás existió. Cuando todos nuestros ojos mundo vean a la luna intocable nuevamente porque la única foto que nos daba el sentido exacto se desvaneció en una mentira.
Me voy a morir tantas veces entonces, me voy a desentender de tantas vidas cuando vea que no tenga recuerdos, cuando vea a las metáforas flotando en calles que vuelvo a caminar creyendo que alguna vez las había caminado junto a la luna, y tendré nada más que algunos detalles, algunas prendas y marcas que me recordarán que yo realmente las caminé, pero cómo convenceré al resto, ¿cómo depende la misma existencia nuestra de poder probarla? Somos improbables nada más que para nosotros mismos, sólo nuestra memoria tendrá recuerdo suficiente, como si nuestras calles hubiesen sido los barrales de aquellas pequeñas navecitas (pequeñas navecitas porque quisimos creer eso), y las huellas en la luna las que pisamos juntos, en una arena tan blanda que se borraron tan instantáneamente que nos hacían dudar si alguna vez habíamos pisado.
Se me van años despedazados, en partes, muchas ausentes. Es certero que me muero, que me muero a cada instante, pero cuando me muero cerca de fin de año la muerte es más cruda, porque vuelvo en el tiempo a buscar las huellas, las pruebas, los cimientos de las construcciones para ver si algo valió la pena. No hay nada más que mis memorias, no hay fotos, no hay pruebas contundentes, y me entristezco y te busco en la luna (en la luna nuestra).
Quizás mi dolor, mi condena al olvido, es el precio tan duro que tuve que pagar por vivirte tanto, por olvidarme de traer pruebas más allá del polvo consecuencia, por delirar de tu mano que miraba tan lejanamente a este mundo, que se entendía tan cómoda entre lunas, cometas y asteroides.
“Qué quedará de nosotros, de ti y de mí, cuando dejemos de intentarnos, cuando el orgullo gane el pulso y cuando le abramos la puerta al insomnio por las noches, de madrugada, y ya nada importe demasiado. Qué quedará cuando, en nuestros cuartos, tumbados en la cama, parezcamos dos cadáveres, tan fríos y con esa triste sonrisa en la mirada que deja la distancia cuando mata. Qué quedará, yo no lo sé, no me preguntes; no me mires, voy a llorar, a correr tan fuerte y a huir tan rápido que quizá me rompa ahora mismo. Demasiadas ganas, cariño, demasiadas ganas me han caducado mientras te esperaba sentadito en todas mis indecisiones. Y no he podido hacer mucho. No pude aprender a olvidar antes de que comenzases a doler. Y nunca supe cerrar los ojos hasta desaparecer. Ha sido un poco como llegar demasiado tarde, pero ya me voy acostumbrando. Y de nuevo la única forma que tengo de gritar es escribiendo, ahogándome en palabras que nunca te dije, que siempre estuvieron ahí, calladas, quemándome la garganta y dejando cicatriz. Algunos “Te quiero” y “Te echo de menos”, otros “Ojalá estuvieses aquí” y un tímido “Vuelve pronto”. Pero no. Pero no, ni tú ni yo, ni querernos ya, ni tú volver ni yo perseguirte. Ahora ya pasar página, sin querer, sin poder, con ese brillo en los ojos de que voy a llorar en cuanto deje de engañarme, que no soy tan fuerte. Y es que a mí, y eso ya lo sabes, siempre me han dado miedo los finales, quizá porque son inevitables.”
— Sergio Carrión (2013)